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Semana Santa en Andacollo: Vivencias y recuerdos del pasado

Si bien constatamos plena vigencia de sus principales expresiones y celebraciones religiosas, también nos referiremos a un hecho tradicional arraigado en otro tiempo y que siempre es motivo de recuerdos, es la quema de Judas, costumbre totalmente desaparecida.

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Por Esmildo Pastén Torres

Semana Santa siempre ha sido un hito importante en el calendario religioso tradicional de nuestro pueblo, eminentemente cristiano católico, donde  los testimonios y vivencias nos hablan de un hecho que se vive intensamente y muy particular  en la montaña bendita de Andacollo;  donde cada acto litúrgico de la Iglesia  se reviste de la solemnidad acorde al recuerdo, conmemoración y celebración de los principales acontecimientos de la fe cristiana y donde la comunidad local manifiesta, hasta el día de hoy, un gran sentido de respeto por las  expresiones tradicionales  enmarcadas en el ritual y ceremonias  de la Iglesia Católica para estas celebraciones. 

Describir lo que guarda la memoria colectiva andacollina de esta tradicional conmemoración y celebración de fe, es situarnos en un contexto de piedad popular lleno de sentimientos con la participación plena de todos los habitantes de la comunidad.

Si bien constatamos plena vigencia de sus principales expresiones y celebraciones religiosas, también nos referiremos a un hecho tradicional arraigado en otro tiempo y que siempre es motivo de recuerdos, es la quema de Judas, costumbre totalmente desaparecida.

 Jueves Santo

Se recuerda con particular devoción la participación de las escuelas particulares de niños Nº1 y de niñas Nº2 en las celebraciones de este día, conformaban el gran coro a la hora de la liturgia de la mañana y también de la tarde, cuando se desarrollaba el acto conmemorativo del lavatorio de pies; seguramente muchos al leer estas páginas, recordarán que en alguna oportunidad fueron los elegidos para que el Cura Párroco lavara y besara uno de sus pies.

Viernes Santo

Nos cuentan nuestros mayores que era un día estricto de ayuno, también de abstinencia de actividades comerciales, laborales y caseras; los bares, cantinas y cabarets cerraban sus puertas.

Era una jornada de absoluto silencio y sigilo, solo se escuchaban las matracas con un sonido lúgubre que anunciaban la muerte de Jesucristo e invitaban a las ceremonias religiosas de piedad y recogimiento.

Era el día en que se asistía a la adoración de la Cruz a eso de las tres de la tarde con la lectura de las siete palabras, para luego al caer la tarde  noche, participar del gran Vía Crucis, tradicional procesión por la calle  José Tomás Urmeneta hasta la calle del Río, para luego volver por la calle del alto o Alfonso hasta Caupolicán en el barrio norte, también otrora conocido como barrio chino, para luego retomar Urmeneta y finalizar en la Iglesia Grande o Iglesia Nueva,  como era llamada entonces la actual Basílica. 

En tiempos no muy lejanos y de la que fuimos testigo, la procesión  se manifestaba en los auto sacramentales, tradición venida de España, con personajes vestidos  a la usanza de soldados romanos, de vistosos cascos, corazas y lanzas  que intimidaban al observador, y también la recreación de los seguidores y detractores judíos de entonces, los que  rodeando una urna iluminada conteniendo la imagen de Cristo yacente, era llevada en alto por piadosos hombres que cumplían así con un compromiso de fe personal o pago de mandas como se conoce en el lenguaje religioso popular.

En este mismo acto del viernes santo, también las mujeres tenían su propio actuar, cual era anteceder la imagen del Cristo yacente portando y cargando ellas mismas la imagen de la Virgen dolorosa, destacando principalmente el color negro de sus vestidos y cubriendo sus cabezas con la hoy desaparecidos velos o también llamadas gazas.

La procesión era acompañada de otras imágenes religiosas, mientras se portaban velas encendidas en las manos se entonaban cánticos referidos a la pasión y muerte de Jesús o bien se iba recitando los tradicionales rezos de la Fe Católica, deteniéndose en cada estación para desarrollar las oraciones que el ritual así contemplaba, escenas que no dictan de lo que hoy se repiten con la representación escenifica de los diferentes pasajes bíblicos que relatan la pasión y muerte de Jesucristo.

Es justo mencionar, que en los últimos años hemos visto en esta tradicional procesión del viernes santo, la incorporación de la Banda Instrumental Municipal Humberto Escalante Rivera, que le ha dado una semblanza de emotividad especial a este hecho religioso profundamente enraizado en el corazón del pueblo y que cada año convoca a cientos de devotos de otras ciudades y localidades de la región.

Sábado Santo

La tradición nos lleva a destacar de este día las celebraciones religiosas de la Vigilia Pascual y Procesión del Encuentro que por lo demás se encuentran plenamente vigentes, aunque difieren fundamentalmente en el horario de la celebración.

En la memoria de muchos mayores se recuerda que esta celebración se desarrollaba al interior de la actual Basílica Menor y que se iniciaba justo a la medianoche con la bendición del fuego, del agua y la Misa Pascual, posteriormente los feligreses se retiraban a sus hogares para volver en la madrugaba, antes que clareara el sol, para la tradicional procesión del encuentro.

Con el correr de los años y la renovación de la liturgia Católica posterior al Concilio Vaticano II, la Vigilia Pascual se siguió desarrollando a la medianoche, pero la tradicional costumbre de la procesión del encuentro se verificaba inmediatamente concluida la liturgia Pascual, a eso de las dos de la madrugada. En los últimos años se ha adaptado el horario desarrollándose justo a la medianoche.

Es costumbre muy antigua del pueblo celebrar la Pascua de Resurrección con la procesión del encuentro. Acto de la piedad religiosa católica que no hemos visto en otro lugar del país, por lo que podemos afirmar, que es propio y representativo de nuestra identidad pueblerina que la iglesia local ha sabido mantener vigente.

El hecho que vive en la memoria colectiva nos relata que concluidos los oficios religiosos de la vigilia pascual, inmediatamente se dispone que hombres y mujeres se separen del lugar donde tuvo lugar la ceremonia litúrgica.

Las mujeres permanecen al interior de la Iglesia Parroquial o Iglesia Chica como también se le conoce, mientras que los hombres acuden a la Iglesia Grande. Al sonar de las campanas se inicia la procesión, desde el templo antiguo las mujeres llevan en andas una imagen de la Virgen María, mientras que los hombres desde el interior de la Basílica avanzan con una imagen de Cristo Resucitado, ambas columnas iluminadas por cientos de velas que portan en sus manos y entonando canticos de aleluya, convergen en el centro de la plaza del pueblo.

Ambas imágenes se encuentran y en breves movimientos de las y los cargadores de las andas, se suceden las venias de saludos, brotan los aplausos y las campanas repican con frenesí. Al cabo de unos instantes, entre canticos de los asistentes, ambas imágenes son conducidas al interior de la Basílica donde se procede a la bendición final y despedida.

 La Quema de Judas

La tarde del día domingo de Gloria, la plaza Nolasco Videla  no daba abasto para recibir a la numerosa concurrencia que asistía a la tradicional quema de Judas. Era tal el interés por no perderse detalles del acto, que sobre los árboles se apostaban los más agiles y fácil de trepar. 

Luego del oficio religioso de la tarde, la ceremonia se iniciaba con una representación escénica de algún pasaje bíblico o la exhibición de alguna película de contenido religioso, sobre el techo de la entonces Acción Católica la que tenía su sede en la esquina sur de la plaza, donde hoy se ubica el nuevo edificio municipal.

Luego venía el momento más esperado, frente a las grandes puertas de la Iglesia Antigua, era colgado un gran muñeco de trapo, el que previamente había sido paseado durante el día sobre algún vehículo descubierto por las calles y barrios del pueblo.

Encendido su cuerpo, la algarabía estallaba con fuertes aplausos y gritos, y estos se acrecentaban con los petardos que explotaban en contacto con el fuego, mientras que los más jóvenes y unos cuantos niños, se aventuraban a recoger las monedas aún calientes que caían al piso desde el cuerpo de trapos que se consumía por el fuego.

Esta tradición, que también se repetía en los diversos sectores del pueblo, perdió vigencia con el correr de los años acorde a las nuevas temáticas pastorales a partir de las orientaciones del Concilio Vaticano II, quedando en la memoria colectiva como un recuerdo de otras épocas y que anualmente para Semana Santa, se sigue esperando en la Plaza Videla.

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